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domingo, 25 de marzo de 2012

Primer teórico - Parte 1: ¿Cómo empezar una historia de los medios?

Normalmente en un primer teórico se espera que el profesor presente la materia: éstas son las principales hipótesis del programa o en términos más pedagógicos: cuáles son nuestros objetivos; queremos que uds al final del recorrido sepan, conozcan, puedan hacer tales y tales cosas.
Por un lado, esto es indispensable porque necesitamos establecer una suerte de contrato de trabajo para el curso pero, por otro lado, resulta algo vacío (en el sentido de formal, falto de contenido) porque uds todavía no leyeron nada de la materia, no saben de qué se trata y, por lo tanto, resulta muy difícil saber a qué nos estamos refiriendo exactamente. Es algo así como hacer teoría de la materia cuando falta la empiria correspondiente.
Por eso se me ocurrió encarar este comienzo de curso intentando poner en práctica lo que pretendemos de uds que es básicamente problematizar la historia de los medios en tanto entendemos que es un área no completamente consolidada de la historia y sobre la que pesan debates teóricos (¿qué son los medios? ; ¿desde qué disciplina, área o perspectiva encarar su estudio?; ¿está más relacionada con la historia social, la sociología de la cultura, la historia política, la historia de la técnica, o qué?) y también metodológicos (¿cómo estudiar la historia de los medios?) que en muchos sentidos podríamos pensar como problemas historiográficos.
En este sentido, no alcanza con decir que la historia no es objetiva o que se trata de un relato; es indispensable poder desarticular en detalle los problemas que llevan a que eso sea así. Tampoco basta con decir que la historia se escribe desde el presente (cosa que efectivamente creo que es así) sino que necesitamos interpretar nuestro presente para poder hacerlo, sobre todo en una época que se caracteriza por haber cambiado las percepciones respecto del pasado, la memoria y el futuro.

En este sentido, en esta clase me gustaría abordar tres problemas “historiográficos” importantes:

1)    Los inicios: ¿cuándo comienza a contarse la historia de los medios?

2)    Las periodizaciones: ¿qué fechas, hitos, acontecimientos podemos tomar para establecer los cortes entre un período y otro? ¿Los finales?


3)    Las delimitaciones geopolíticas: ¿es posible escribir una historia nacional de los medios? Sobre todo, cuando los medios han tendido permanentemente hacia la expansión de las fronteras nacionales/desterritorialización/globalización (según la perspectiva desde la que se lo mire). Desde el telégrafo que es el primer medio de comunicación que van a abordar en los trabajos prácticos, hasta internet que es el medio de nuestro presente, esta premisa recorre nuestra historia contemporánea.

4)    La relación entre teoría y empiria: la relación entre la teoría de los medios y la historia de los medios es una premisa fundamental de nuestro programa. Partimos de la base de que se trata de una relación de doble vía: la historia nos permite entender mejor los medios y la teoría nos permite interpretar históricamente.
La relación entre el programa de teóricos y prácticos sigue esta premisa pero en forma casi invertida: mientras el programa de prácticos es más general (tanto desde el punto de vista como desde la geopolítica que propone: es más internacional en todo sentido) y propone textos que cuentan con una superficie teórica más evidente, el programa de teóricos aborda la historia de los medios en la Argentina. En este sentido, el programa de teóricos está más cerca en todo sentido: más cerca de nuestra sociedad, de nuestras investigaciones y de nuestros problemas. Pero a partir del planteo de que para encararlos, nos hace falta ir y venir desde las cuestiones más generales y más lejanas geográfica y temporalmente, a las más específicas, cercanas y presentes. También partimos de la idea de que es más fácil reproducir la investigación que ya está hecha o las teorías estabilizadas y/o aceptadas o consensuadas que pensar aquello en lo que estamos sumergidos y que cuenta con menos tradición de investigación como es el caso de la historia de los medios en la Argentina.


Hay un célebre libro de Edward Said que se llama Beginnings –Comienzos- que analiza aquellos libros que –según Said- han pasado a la historia de la literatura –entre muchos otros méritos- por la belleza o contundencia de sus primeras líneas. En esa antología de comienzos célebres Said incluye el Quijote de Cervantes y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez dentro de los ejemplos de la literatura en lengua española.
Aun a riesgo de caer en esquematismos y simplificaciones creo que las historias de los medios escritas hasta el presente, apelan a algunos lugares comunes para sus comienzos que vale la pena desmenuzar antes de avanzar en el relato de cómo sigue esa Historia. 



En este punto, además, la pregunta que se se nos impone es cómo comenzar hoy una historia de los medios en la Argentina: ¿cuál es el inicio más apropiado?

El Telégrafo Mercantil. Rural, polémico, historiográfico, fundado en 1801 por Francisco Cabello a instancias de Manuel Belgrano que era Secretario de Comercio en el Consulado y del Virrey Avilés fue el primer periódico fundando en el Virreynato del Río de la Plata.
Comenzar una historia de los medios en la Argentina refiriendo a este hito fundacional no exigiría justificación alguna porque de hecho, las historias de la prensa existentes refieren sin excepción a este hecho.
Sin embargo, nuestra pregunta es: ¿qué presupone este inicio y qué tipo de continuidad imaginamos entre ese periódico de la época de la Colonia, los periódicos actuales, el cine, la radio o internet?
Supone concebir la historia de los medios como una historia que tiene su inicio en la prensa política ilustrada . La Revolución francesa suele situarse en el origen y la expansión de la prensa europea. La circulación de escritos políticos y la formación de una esfera de debate público de ideas es la condición para la aparición de un periodismo que ejercería presión, control o brindaría algún tipo de garantía de transparencia sobre el poder del Estado. Esta concepción –que también estaría en el origen de la prensa inglesa y norteamericana- convierte al periodismo en un órgano indispensable de la República donde su función principal sería el equilibrio frente al poder político. ¿Cómo concebir el origen de la prensa en América Latina a partir de estos supuestos cuando los primeros periódicos fueron escritos por funcionarios del gobierno? A lo largo del siglo XVIII, aunque no de manera uniforme, algunas ciudades virreinales incorporaron imprentas y desarrollaron gacetas y diarios: La Gaceta de México y Noticias de Nueva España (1722); La Gaceta de Guatemala (1729); La Gaceta de Lima (1743); La Gaceta de la Habana (1764); Papel Periódico de Bogotá (1791); Primicias de Cultura en Quito (1792)entre muchos otros. En el Virreynato del Río de la Plata, el primer periódico fue el Telégrafo Mercantil. Rural, polémico, historiográfico, fundado en 1801 por Francisco Cabello a instancias de Manuel Belgrano que era Secretario de Comercio en el Consulado y del Virrey Avilés. A través de la instalación de imprentas, librerías, bibliotecas, academias y salones se crean las condiciones materiales para la producción y circulación de periódicos y gacetas durante el período de la Independencia. Se trata de una suerte de fundación material de la Ilustración en las sociedades latinoamericanas que, sin embargo, coexiste en el tiempo con el florecimiento del Romanticismo europeo. En ese contexto, hay pocos periódicos independientes de un poder político que, además, tampoco podría pensarse –al menos hasta mucho más tarde- como un poder de Estado. Por otra parte, el público lector era extremadamente reducido para llegar a conformar una esfera pública. En cualquier caso, si puede imaginarse un público durante esa etapa no fue el resultado de la expansión de lectores durante la Ilustración.
Por otra parte, como es bien sabido, la consolidación tardía y dificultosa de los Estados Nacionales en América Latina (y en varios países europeos) explica que el debate sobre la Nación se convierta en un objetivo central para la emergencia de muchos periódicos en el período que sigue a las guerras de la Independencia. Esto explica que muchos periódicos adoptaran como nombre La Nación o El Nacional en esta parte del mundo, pero se trata de un proceso que poco tiene que ver con la relación entre Estado y esfera pública.
Entre los periódicos nacidos durante el siglo XIX en la Argentina que continuarán siendo órganos importantes a durante el siglo XX se destacan La Prensa, fundado en 1869 por José C. Paz y La Nación, fundado en 1970 por Bartolomé Mitre.  La historia del diario La Nación permite focalizar en la compleja relación entre periodismo y Estado durante varias décadas. Entre 1862 y 1869 José María Gutiérrez editó La Nación Argentina, fundado para defender la obra de gobierno de Bartolomé Mitre (Presidente entre 1862 y 1868). Si este gobierno forma parte del proceso de conformación de un Estado Moderno en la Argentina, difícilmente podría funcionar el diario según los modelos republicanos “clásicos”. Pero una vez que Mitre retorna al llano, el diario no podía sino cambiar. Se produce una transformación importante del estilo del diario y de su lenguaje político. Ricardo Sidicaro (1993) señala que la compleja operación de asumir la representación de la sociedad sin dejar de defender intereses sectoriales, no sería tarea fácil. La Nación Argentina había canalizado ideas desde el gobierno; La Nación, en cambio, pretendería hacerlo con las inquietudes y demandas de la sociedad. Recién en ese momento puede pensarse en un rol periodístico de acuerdo al modelo de separación entre periodismo y Estado. Pero en ambos casos, había un objetivo común: construir la opinión pública, actuar como mediador entre la sociedad y el Estado, en un espacio público marcado por los estilos de los diarios partidistas. Así, más allá de la vinculación directa con una facción política, el nuevo medio de prensa nacía en el seno de una situación condicionante cuyas trazas conservaría durante varias décadas.
De esta manera, el diario era una necesidad de sus fundadores y sólo a posteriori pudo encontrar su “público”. En este sentido, Sidicaro se pregunta si era posible construir la opinión pública con una tirada de mil ejemplares. El diario La Nación, y aún más La Prensa tendieron a crecer en la cantidad de ejemplares vendidos, sin embargo, el carácter político y escasamente comercial que Mitre otorgaba a su diario quedó registrado en una anécdota narrada por varios de sus biógrafos. Cuando el administrador de la empresa, Enrique de Vedia, le comunicó que los suscriptores se borraban en forma alarmante, Mitre le contestó: “Cuando haya renunciado el último imprima dos: uno para usted y otro para mi” (op.cit.: 17). El desinterés comercial es explícito pero se vuelve aún más evidente si pensamos que el capital invertido para crear el diario fue de 800.000 pesos, el equivalente a 2.500 hectáreas de la pampa, algo ínfimo para los grandes propietarios de tierras. Claramente el funcionamiento del diario no se basaba en la suscripción o en la publicidad y su rédito no podía medirse en ese plano. Al mismo tiempo, no deja de asombrar el desinterés por el público en un diario que pretendía “construir opinión pública”.
En el cambio de siglos (XIX y XX) se producen una serie de transformaciones culturales que inciden directamente en el devenir de la Historia de los medios en la Argentina. Esas transformaciones han sido interpretadas de diferentes maneras según en qué cronología y en qué marco teórico e ideológico se inserten. Sin embargo, en todos los casos, persiste la idea de que en la vuelta del siglo un periódico deja de ser el producto de una idea que representa a una clase y que debe ser expresada, sino que pasa a ser también la respuesta a una transformación social y cultural de una población crecientemente alfabetizada. Esta transformación coincidiría, además, con un pasaje desde el modelo “francés” al “norteamericano”, lo cual suele ser explicado como un pasaje del periodismo de ideas, doctrinario y faccioso, a un periodismo comercial, basado en la publicidad e interesado en captar la mayor cantidad de lectores. Ese pasaje supone también un cambio de escala considerable del público lector.


Un segundo modo de concebir las historias de los medios: las historias culturales de la prensa (Raymond Williams). En estos casos, suele tomarse como acotecimiento inaugural la emergencia de la prensa comercial donde ocupan un lugar fundamental los primeros folletines -hacia 1840- concebidos como un nuevo género de entretenimiento dirigido a un público de masas recientemente alfabetizado. Se trata del mismo público que más tarde se volcará al radioteatro y a la telenovela, todos ellos formatos que recuperan la matriz melodramática del folletín escrito. Estas historias conciben a los medios simultáneamente como una industria cultural o una empresa comercial masiva y como objetos de interés para los sectores populares. Se trata de un relato que encuentra su eje principal en la Revolución industrial concebida como Revolución técnica que permite la proliferación de impresos baratos, la expansión del público lector y profesionalización del escritor/periodista.
La transformación de los métodos técnicos de impresión (asociado a los procesos de urbanización) permite el aumento exponencial de los impresos y paralelamente un crecimiento del público lector que no sólo aumenta cuantitativamente sino que se transforma cualitativamente ya que, si el primer proceso de la Revolución política afectó a un público ilustrado, este proceso de la Revolución industrial afectó a un público popular y, en consecuencia, produjo una transformación radical del tipo de impresos puestos en circulación.

Ambos modos de concebir la historia de la prensa tienen algo en común y es que, en ambos casos, se valora muy positivamente la modernidad. En un caso, porque la modernidad se concibe como el proceso culminante de formación de una esfera pública burguesa. En el otro, porque la modernización industrial habría permitido la incorporación de sectores excluidos: la alfabetización de sectores populares, su ascenso social y la apropiación diferenciada de los productos que los sectores hegemónicos intentaron imponer. 

Estos comienzos han dominado la historiografía de los medios y adolecen, sin embargo, de dos problemas importantes para nuestra mirada contemporánea:

Por un lado, son logocéntricas. Y con esto quiero decir que consideran a la palabra impresa el factor determinante para una historia de los medios. Ya sea porque desconfían de la imagen como un elemento contrario a los fundamentos iluministas de la modernidad (en el primer caso de las historias políticas de la prensa) o porque valoran positivamente los alcances de la alfabetización masiva y su apropiación por parte de los sectores populares (en el segundo caso de las historias culturales) , la imagen ha sido subestimada en los procesos de transformación de la prensa y de ampliación del público. La prueba de esto que estoy diciendo es que ese público ha sido unilateralmente considerado como público lector.
Muchos estudios recientes han señalado que ese público –hasta ahora considerado como lector, insisto- valoró especialmente aquellas publicaciones que incluyeron fotografías y dibujos. De manera que no sólo leyó revistas y periódicos, sino que también miró ávidamente las ilustraciones. Hasta no hace tanto tiempo, las historias de la prensa no se pensaron en conexión con las historias de la fotografía, el cine y la radio. En este sentido, creo que los historiadores de los medios nos encontramos frente a un primer desafío: la inclusión de la imagen como una parte integral de la historia de la prensa.
De allí que la invención de la fotografía hacia 1840 es otro hito relativamente coincidente con la emergencia de una prensa comercial de masas que da lugar a una historia diferente: la que corresponde a la producción y reproducción técnica de la imagen. Se trata de una historia que va a tener mucha importancia en la historia de los medios y que, si uno quisiera poner el acento en ese aspecto de la cultura contemporánea, concebida como una sociedad de la imagen o como una cultura visual, podríamos pensar la invención de la fotografía como su momento inaugural.

El segundo problema que encuentro en esos comienzos mencionados es que parten de una concepción de la historia orientada hacia el futuro. Lo hacen en base a una cierta idea de progreso y novedad que resulta difícil de aceptar en nuestra época y, sobre todo, en relación a los medios de comunicación que tuvieron un rol muy importante en la transformación de la percepción del tiempo. Los medios modernos pusieron en escena la necesidad de la novedad permanente y al instante pero ese tiempo de la modernidad hoy ya no existe. Por un lado, vivimos en una época volcada hacia el pasado y dominada por la memoria. Por otro lado, como lo dice magníficamente Boris Groys, desde las últimas décadas del siglo XX, “el futuro ya no promete nada nuevo; más bien hay que imaginárselo como una interminable repetición de lo ya existente” (p. 13).  En este sentido, creo que el segundo interrogante de un posible programa de historiadores de los medios es cómo escribir la historia de unos medios nacidos en un mundo que miraba hacia el futuro desde un presente volcado hacia el pasado y la memoria.

Apunto, aunque no voy a desarrollar acá que una alternativa a estas historias es la que uds van a ver en las clases de prácticos a través del texto de Patrice Flichy que elige comenzar con el telégrafo (que implica la creación de un código universal homogeneizado, el morse y la construcción de la primera red de comunicación) que marca la separación entre transporte y comunicación y con eso el inicio de una lógica desterritorializada de la mediatización, así como una tendencia a la simultaneidad de las comunicaciones.

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